viernes, 25 de octubre de 2013


777777 argentinos les bombardeaban y destruían la flota”. Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur, y su autor, Alberto Manfredi (h) narran con mucho detalle la casi totalidad de las acciones de combate llevadas a cabo por las distintas unidades, de las tres fuerzas armadas, destacadas en la Zona Continental. Un agradecimiento para este autor y su muy completo libro. Aconsejo su lectura a todos los que deseen interiorizarse de las vicisitudes de la Guerra de Malvinas en todos sus teatros de operaciones. CAPÍTULO 2

666666 el teniente de navío Fortini, el teniente de corbeta Rafael Cornejo Solá, piloto y copiloto respectivamente, quienes llevaban al suboficial Jorge Lencina como operador de radar y al cabo primero Néstor Conde como operador de medidas de apoyo. Iban en busca submarinos, volando rasante hacia el este, efectuando de tanto en tanto un ascenso para encender el radar y ver si descubrían algo, pegándose nuevamente al agua después de tres o cuatro barridas. Alberto N. Manfredi (h) 320 Recién a las 20.10 el operador descubrió un contacto a 42º 31’ S de latitud y 62º 05’ O de longitud pero el mismo se perdió 11 millas más adelante, sin volver a aparecer. Aún así, Cornejo Solá decidió atacar y después de ordenar el alistamiento del armamento, soltó una bomba de profundidad que estalló con fuerza al llegar a al nivel programado. Fortini y Cornejo se conocían desde los tiempos de la crisis del Canal de Beagle cuando volaron juntos los mismos aparatos esperando el inicio de las hostilidades con Chile. A las 09.31 del 8 de mayo el capitán de corbeta Alberto Dabini dejó la cubierta del “25 de Mayo” a bordo del Tracker 2-AS-24. Lo acompañaban su copiloto, el teniente de fragata Sanguinetti, el operador de radar, cabo principal Paulinkas y el operador de medidas de apoyo, cabo primero Cufre. El aparato voló hacia los paralelos 39º S y 44º S y los meridianos 59º O y 60º O, y después regresó sin ninguna novedad. A las 17.18 hizo lo propio el 2-AS-26 del capitán de corbeta Emilio Goitía, el teniente de corbeta Tomás Pascual, el suboficial segundo Vallejos y el cabo principal Cravero quienes a las 19.15 obtuvieron un pequeño contacto clasificado como posible submarino, que se esfumó a los 42º 00’ S de latitud y 61º 11’ O de longitud. El mismo no pudo ser retomado, por lo que en el límite de su autonomía, el avión emprendió el regreso sin nada nuevo que reportar. En la madrugada del día siguiente partió en la misma dirección el 2-AS-22, pero el tiempo le impidió llegar. Algo que confunde a los investigadores es que además del “Splendid” y el “Spartan”, hubo otros submarinos operando en la zona. Como bien se sabe, las marinas de la Argentina y Gran Bretaña notificaron a todas las naciones, en especial a las de la región y a aquellas que tenían naves en el área, que tomasen los recaudos necesarios para mantenerlas alejadas del teatro de operaciones y evitar incidentes. Varios países alejaron sus flotas pesqueras y buques de transporte y tanto Brasil como Uruguay comunicaron que replegaban sus unidades navales a aguas jurisdiccionales en tanto durase el conflicto. Sciaroni menciona al submarino nuclear norteamericano USS “Parche” que en esos días atravesó el Cabo de Hornos proveniente de su base en el océano Pacifico, en ruta al Mar de Barents. También merodearon submarinos soviéticos de la Patrulla de África Occidental con base en Angola, además de aviones de exploración TU-95RTs de la misma nacionalidad, pertenecientes al 392º Regimiento Aéreo Independiente de Reconocimiento a Larga Distancia con base en Luanda, los que sobrevolaron flota británica en varias oportunidades. Aviones C-212 de la Fuerza Aérea Uruguaya avistaron un submarino en sus aguas jurisdiccionales y según fuentes no oficiales, los sumergibles australianos HMSA “Onslow” y HMSA “Ovens” que operaban para Gran Bretaña en las costas de Libia y China, también habrían estado en el Atlántico Sur durante el conflicto. Junto al “Conqueror”, el “Splendid” y el “Spartan” fueron desplegados hacia Malvinas los submarinos nucleares HMS “Courageous” y HMS “Valiant” y los convencionales HMS “Onyx” y HMS “Otus”, del que Sciaroni y otras fuentes no dan plena seguridad de que hayan participado en las operaciones aunque numerosos trabajos e investigaciones británicas, así como sitios en Internet, afirman que sí lo hizo aunque sin tomar parte en misiones de envergadura. En cuanto al “Onyx”, fue el submarino que detectó el vicecomodoro Riccardini el 21 de abril a las 11.16, cuando volaba a los 35º 23 S de latitud y 43º 44 O de longitud, a 1200 millas al sudeste de Ezeiza3. Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur 321 La nave británica había zarpado de Gosport, Inglaterra, la mañana del 25 de abril día siguiente, su comandante, el capitán de corbeta Andrew Jhonson, se vio forzado a regresar a Dolphin para dejar marinero enfermo. Volvió a hacerse a la mar el 23 de abril, navegando en superficie hasta la isla Ascensión, a la que llegó dos semanas después. Tras efectuar una serie de reparaciones, se posicionó junto al RFA “Tidespring” para cargar combustible y finalizada la operación, embarcó a una sección de 40 hombres del SAS y el SBS y a un grupo de especialistas en guerra electrónica que debían operar en distintas unidades. Durante el trayecto fue avistado por las patrullas aéreas de exploración y a poco de su llegada, desembarcó a los comandos del SAS/SBS, tanto en las islas como en el continente. El 8 de mayo el “Onyx” se desplazaba en inmersión por el Área María, al norte del archipiélago, entre la Isla Gran Malvina y la Isla Soledad, cuando fue detectado y atacado por el “San Luis”. El submarino argentino le disparó un torpedo MK-37 modelo 3 al que el “Onyx” logró esquivar. Sin embargo, en el intento, sufrió averías en la quilla y la proa que le trabaron dos Mark 8 en el interior de sus tubos. Mario Sciaroni afirma que esos daños pudieron haberse producido el 30 de mayo, cuando el sumergible británico fue atacado por el “Hipólito Bouchard” a la altura de Río Grande, pero el sonido de un estallido, claro fuerte que escuchó la tripulación del “San Luis” el día 8 es más que sugerente. ¿Cómo se hizo las averías el “Onyx”? ¿Fue al de encallar cerca de la costa, después de desprender secciones del SAS y SBS tal como lo declararon los británicos o el MK-37 del “San Luis” llegó a tocarlo? ¿Contra qué impactó el torpedo cuando estalló? ¿Fue contra él o contra alguna roca submarina cercana? Como se podrá observar, son muchos los interrogantes y ninguna posibilidad se descarta, aunque la versión que más se ajusta a la realidad es la que sostiene que los daños se produjeron durante las maniobras de evasión, el 8 de mayo. Ahora bien, ¿era el “Onyx el submarino atacado o fue el “Splendid” que también sufrió averías durante la campaña? Suposiciones y probabilidades a un lado, el submarino debió desplazarse a Gran Bretaña donde recién entonces pudieron remover los torpedos atascados en el interior de sus tubos. El 9 de mayo por la mañana, el “25 de Mayo” navegaba a la altura de Viedma, junto a sus escoltas, cuando recibió la orden de replegarse a Puerto Belgrano. En cumplimiento de esa directiva, el portaaviones se dirigió hacia el norte, desplazándose en forma paralela a la costa bonaerense hasta que a las 15.57, avistó la gran rada, mientras se desplazaba lentamente por el canal de acceso. A esa altura, cuando bordeaba la isla Bermejo, partieron de su cubierta las escuadrillas de cazas A4Q y helicópteros Sea King para aterrizar en la cercana Base Aeronaval Comandante Espora, operación que finalizó pasadas las 16.30. El buque hizo su ingreso en el fondeadero con el “Comodoro Py” navegando a su lado y a las 04.30 del 10 de mayo catapultó a los Tracker, amarrando en el muelle principal a las 08.50. Inmediatamente después comenzó el desembarco del personal. Dice Mariano Sciaroni que su campaña significó “…un pequeño triunfo operacional no debidamente reconocido…” que debería ser motivo de orgullo para toda la Armada Argentina. Al respecto, cita palabras que el capitán Wayne Hughs Jr., de la Armada de los Estados Unidos vuelca en su libro Tácticas de Flota y de Combate Aéreo. Alberto N. Manfredi (h) 322 Ciertamente, en mar abierto, una flota inferior a su oponente (como era la argentina respecto a la británica) sería generalmente destruida por un enemigo aun ligeramente superior, que a su vez sufriría daños menores en el enfrentamiento. Y es por ello –afirma – que la Armada Argentina obró correctamente a nivel estratégico al retirarse a sus aguas territoriales, sustrayéndose a una acción flota contra flota. Resulta evidente que la Armada Argentina no estaba en condiciones de disputar el dominio del mar a su par británica porque carecía de medios adecuados para ello, sobre todo, para enfrentar el potencial de los submarinos nucleares, sin embargo tanto su portaaviones como la aviación embarcada los tuvo a maltraer durante buena parte de la campaña. A partir de esa fecha, el Comando de la Aviación Naval dispuso que la 2ª Escuadrilla Aeronaval de Helicópteros efectuara patrullajes desde Viedma hasta una distancia de 100 millas dentro del triángulo formado por esa ciudad y los radiales 070º y 200º, precisamente el área donde operaba el “Spartan”. Las mismas estuvieron coordinadas con la 1ª División de Destructores y tuvieron lugar entre el 22 y el 28 de mayo con tres Sea King armados con MK-44 y en ocasiones dos cargas ASA extras, que obtuvieron pequeños contactos (el principal el 27 por la tarde), sin que se concretase ningún ataque. El 28 los Sea King fueron replegados a Espora para planear la misión de rescate a la Isla Borbón y la Escuadrilla Naval Antisubmarina pasó a operar desde Río Gallegos después de incorporar los dos Embraer 111 Bandeirantes facilitados por Brasil. La noche del 16 de mayo ocurrió otro hecho extraño, muy similar al que tuvo lugar en Caleta Olivia el 29 de marzo. Ese día, el HMS “Onyx”, que desde el repliegue de la flota argentina se dedicaba a patrullar el litoral patagónico, se aproximó cautelosamente a Tierra del Fuego para desprender varias balsas neumáticas con efectivos del SAS y el SBS a bordo. Se tenía la certeza de que en la zona, operaban también el HMS “Splendid” y el HMS “Otus” por lo que las unidades de la flota de mar que guarnecían el litoral argentino se hallaban en máxima alerta a fin de prevenir incursiones enemigas en el continente. Los comandos intentaban desembarcar en cercanías de Río Grande y ocultarse cerca de la base aérea desde la que operaban los aviones Neptune, A4, Mirage y el temido binomio Super Etendard/Exocet, dispuestos a llevar a cabo actos de sabotaje y alertar a las unidades de la Task Force sobre la partida de las misiones de bombardeo. Los británicos acababan de poner en marcha la Operación Mikado, encomendada para su organización al general de brigada Peter de la Billière, director del servicio del SAS. El propio almirante Lewin, miembro del Alto Estado Mayor, fue quien ordenó a De la Billière la planificación de una misión en el continente para golpear al enemigo en su centro neurálgico: la base aeronaval desde la que operaban los cinco cazas Super Etendard con sus letales Exocet AM-39. Los comandos debían destruir esos aviones y los tres misiles que aún les quedaban y matar a todos sus pilotos, quienes personificaban el principal peligro para la Fuerza de Tareas. De la Billière había seleccionado un grupo de hombres pertenecientes al Escuadrón G del Regimiento 22 del SBS, que se hallaban embarcados en el “Fearless” y a todos los del Escuadrón B, al mando del mayor John Moss, quienes venían de participar en los ejercicios que la OTAN había estado llevado a cabo en Alemania, dentro del marco de un programa de entrenamiento intensivo para efectuar misiones de captura de aeropuertos enemigos. Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur 323 Para ello, debía destacarse en primer lugar un helicóptero Sea King en el que viajaría un grupo de hombres con la misión de reconocer el blanco y evaluar su dispositivo de defensa. Señalado el mismo, dos aviones Hércules C-130 con cincuenta y cinco efectivos a bordo deberían aterrizar en la base enemiga y llevar a cabo la misión, destruyendo los aviones y matando a sus pilotos. Una segunda opción proponía que una fuerza de veinticuatro integrantes del SBS llegase por mar a bordo de botes neumáticos desprendidos desde un submarino, quienes deberían retirarse hacia un punto cercano a la frontera con Chile una vez finalizada la misión. En vista de ello, las tropas especiales estuvieron practicando aterrizajes a bordo de aviones Hércules C-130 hasta que uno de ellos se accidentó y por poco le cuesta la vida a varios de sus integrantes. Sabían los ingleses que la misión era riesgosa porque las tropas de infantería de marina argentinas allí apostadas estaban adiestradas y preparadas para el combate y eso dificultaría en extremo su concreción. El Alto Mando británico desechó la primera opción por considerarla impracticable y se concentró en la segunda, adoptando todos los recaudos del caso. Los relojes señalaban las 16.30 en el “Hipólito Bouchard” cuando el jefe de armas submarinas y el oficial ayudante que se encontraba a su lado, detectaron una emisión sonar en la popa (un pim sonar, es decir, el sonido que producen las emisiones sobre un casco metálico). Media hora después, el capitán impartió la orden de cubrir maniobras de anclas pero a los diez minutos, desaparecidas las emisiones de las pantallas, se volvió a situación normal, con el buque fondeado en el lugar asignado por el Alto Mando Naval4. A las 17.10 se escuchó un rumor hidrofónico y eso llevó al capitán del “Hipólito Bouchard” a establecer contacto con el destructor “Piedrabuena” para preguntar si registraban las mismas señales. La respuesta fue negativa y por esa razón se pusieron a los vigías de a bordo en alerta máxima y se ordenó realizar búsqueda lejana aérea y de superficie utilizando para ello los veteranos radares SPS 40, SPS 10 y los equipos de sonar WLR 1 y MAE, barriéndose en forma manual la banda I5. Al mismo tiempo, se dispuso alistar las piezas de 127.2 mm y las ametralladoras antiaéreas de 12.7 mm mientras se ponían a punto los sistemas de misiles Exocet MM- 38, los de torpedos MK-44 y 244S y los 533 erizos antisubmarinos junto con seis cargas de profundidad MK-96. En plena noche (eran las 19.05), el radarista informó haber detectado un eco pequeño pero intermitente a 3000 yardas del buque y eso llevó a adoptar todas las medidas para verificar el contacto. Siete minutos después se pudo observar que las señales se convertían en tres resonancias nítidas con un punto muy intenso y una “V” saliendo del mismo en dirección contraria al movimiento relativo, la típica señal que producían los gomones al ser detectados. Los objetos se desplazaban con rumbo 340 a una velocidad de 18 nudos, a 1200 yardas de la embarcación. Mientras la tripulación corría a ocupar sus puestos de combate, el encargado del sonar informó que había detectado un nuevo rumor hidrofónico en el azimut 070 y a las 19.22 el radar de control de tiro MK-25 adquirió los blancos. En ese preciso momento, el capitán del “Hipólito Bouchard” solicitó al comandante del “Piedrabuena” autorización para abrir fuego y este la concedió. Alberto N. Manfredi (h) 324 A las 19.25, el destructor abrió fuego, efectuando varios disparos utilizando sus piezas de 127,2 mm de la batería principal de artillería. En ese momento, los gomones giraron y se retiraron en dirección este mientras la lejana ciudad de Río Grande se estremecía con el sonido de los cañones. Las pantallas de radar mostraron claramente como los ecos se abrían en abanico y se alejaban del buque, por lo que pasadas las 19.55, el “Hipólito Bouchard” salió en su busca para batirlos. Sin embargo, para esa hora, los merodeadores habían desaparecido. Pese a lo cerrado de la noche y lo concentrado de la niebla, el destructor recorrió el área apuntando con sus reflectores hacia la negrura del mar, sin encontrar nada. Por esa razón, siendo las 20.40 regresó al mismo lugar que ocupaba antes de las detecciones, y allí fondeó, en espera de instrucciones. Dos días después tuvo lugar el hecho de mayor resonancia en lo que a operaciones en el territorio continental se refiere. En horas de la noche, el “Invencible” navegaba con rumbo oeste cuando a través de los altavoces, su comandante anunció que estaba a punto de iniciarse una operación especial al noroeste del archipiélago con el objeto de desembarcar a un grupo del SBS en la Gran Malvina. Ningún miembro de la tripulación se hubiese sorprendido por ello ya que desde el 1 de mayo ese tipo de acciones se venían efectuando con bastante frecuencia en diferentes puntos de las islas, lo raro fue que, por primera vez, el comandante lo anunciaba por los altoparlantes. Aquella fría y cerrada noche, el buque navegaba escoltado por la fragata “Broadsword”, su fiel y eficiente escudera, a una milla de distancia uno de otro cuando, repentinamente, aumentó la velocidad llegando a superar los 25 nudos. Quienes subieron al puente pudieron ver que las embarcaciones navegaban completamente a obscuras y en el más absoluto silencio de radar. Muy pocos a bordo sabían lo que ocurría. El rumbo a seguir se daba por etapas, parcialmente, segmento a segmento, dándose a conocer el siguiente paso cuando se recibía la orden de efectuarlo. Según John Whiterow, corresponsal del “The Times” a bordo del “Invencible”, al preguntar que era lo que estaba ocurriendo, alguien lo llevó a un costado y le dijo que se planeaba lanzar un helicóptero hacia la Argentina, para depositar efectivos en el continente. El portaaviones navegó a esa velocidad durante toda la noche, con su gigantesca estructura metálica vibrando por el esfuerzo de sus turbinas hasta que repentinamente, al llegar a un punto en medio de la obscuridad, giró en redondo y puso proa hacia el este, alejándose a toda marcha de regreso al corazón de la flota. Cuando amanecía, los observadores pudieron distinguir la obscura silueta de la “Broadsword” navegando siempre a su lado mientras desde su cubierta alguien emitía señales luminosas con la linterna Aldiss. Era un mensaje para el comandante que decía “Pidan a Dios que tengamos éxito”, algo inusual que desconcertó aún más a los tripulantes que en esos momentos se hallaban allí ubicados o en el puente de mando. El Sea King matrícula ZA290 partió del “Invencible” a las 03.15Z (00.15 hora argentina) tripulado por el teniente Richard Hutchings, el teniente Alan R. C. Bennet y el sargento Peter B. Imrie, llevando a bordo a veinte comandos del SAS, que debían ser depositados en Tierra del Fuego, cerca de la Base Aérea Militar de Río Grande, para sabotear a los cazabombarderos Super Etendard allí desplegados. El aparato y su gemelo, el ZA292, habían sido transferido desde el “Hermes” la noche del 17 de mayo, para una operación de reconocimiento de largo alcance en dirección al continente. Pertenecían ambos al Escuadrón 846 con asiento en Yeovilton y habían embarcado en Portsmouth, vía Lee-on Solent, el 3 de abril. Dos días después partieron a bordo del portaaviones con destino a la isla Ascensión. Mientras el ZA290 llevaba a cabo la misión, el ZA292 debía permanecer en el “Invencible” como reserva. En la mañana del 18 de mayo el Sea King del teniente Hutchings apareció misteriosamente en territorio chileno, a 18 kilómetros de Punta Arenas, después de efectuar un supuesto aterrizaje de emergencia en el paraje conocido como Aguas Frescas, a escasos 2 kilómetros de la costa. En un primer momento se pensó que la aeronave se había estrellado pero eso no fue así. Su tripulación lo hizo posar en tierra, posiblemente averiado, y luego lo incendió. Unos obreros que trabajaban en un aserradero cercano, vieron la columna de humo y el resplandor de las llamas que emergían del helicóptero y alarmados, dieron aviso a las autoridades locales. Estas se hicieron presentes y de ese modo pudieron constatar el hecho. El gobierno trasandino inició una investigación mientras ordenaba patrullar la zona en busca de los tripulantes. Tardaron más de una semana en encontrarlos en un bosque cercano, donde se habían escondido. Los ingleses se entregaron a las autoridades locales y estas los condujeron a Punta Arenas para trasladarlos en avión hasta Santiago y devolverlos a Inglaterra por ese mismo medio. Para entonces, hacía varios días que los carabineros habían enterrado los restos del helicóptero y sumido al asunto en el más completo misterio. Como era de suponer, comenzaron a surgir las más variadas versiones, una de ellas la del “Daily Express” de Londres y el corresponsal Michael Nicholson, embarcado en el“Hermes”, según la cual, el Sea King había despegado de ese portaaviones llevando a bordo ocho hombres del SAS. La información era errónea ya que la máquina, como se ha dicho, había partido desde el “Invincible” y llevaba a bordo un total de veinte comandos. Además, el mismo periodista informó que los helicópteros eran dos y que uno de ellos se estrelló en el mar, pereciendo todos sus ocupantes. Jeffrey Ethell y Aalfred Price, autores de Guerra Aérea en el Atlántico Sur, sostienen que el Sea King en cuestión partió a las 19.15Z (16.00 hora argentina) cuando el “Invincible” comenzaba a navegar a máxima velocidad hacia el oeste y que al día siguiente el ZA294 se precipitó al mar con tropas de elite que transportaba desde el “Hermes” al “Intrepid” cuando un albatros se incrustó en su rotor. El hecho habría tenido lugar a 200 millas al este/noreste de Puerto Argentino11. Esa versión fue la misma que dieron a conocer las autoridades británicas, que en su momento afirmaron que el aparato siniestrado había partido desde el “Hermes” con los SAS y que minutos después se accidentó al chocar con el albatros. De acuerdo a la información oficial, la aeronave cayó al mar, flotó invertida unos minutos y luego se hundió, pereciendo 21 de las 30 personas que viajaban a bordo. Entre el personal rescatado se encontraban su piloto y copiloto, P. Humphreys y R. Horton en tanto el cabo M. D. Love, operador de a bordo, se había ahogado con los 20 comandos mencionados.Lo que ninguna versión británica explica es porqué un helicóptero de la fuerza de tareas británica apareció en territorio chileno, porqué se incendió y cuales fueron las causas por las que fue enterrado presurosamente por personal militar chileno. Tantas contradicciones llevaron a los analistas a efectuar una serie de conjeturas entre las cuales destacan algunas verosímiles y otras no tanto. Alberto N. Manfredi (h) 326 Según algunas, el ZA290 a los SAS depositó en Tierra del Fuego y cuando volaba sobre Río Chico, de regreso al portaaviones, comprobó que los radares del “Hipólito Bouchard” y el “Piedrabuena” lo habían detectado. Al intentar escapar, los pilotos se extraviaron y por esa razón, optaron por dirigirse a Chile. Todo parece indicar que el helicóptero despegó del “Invincible” para rescatar a los comandos sobrevivientes que habían intentado desembarcar cerca de Río Grande el día 16, que una docena de ellos perecieron y que tanto los restantes efectivos, una vez en tierra, se desperdigaron en diferentes direcciones buscando protección. Cuando el 18 de mayo el destructor detectó al ZA290 volando sobre Río Chico, el aparato se retiró hacia el oeste, sin lograr su cometido; en proximidades de Punta Arenas hizo un “aterrizaje forzoso” por “desperfectos mecánicos” y luego se “incendió”. El Sea King ZA294 accidentado el 19 de mayo, efectivamente, trasladaba tropas del SAS desde el “Hermes” al “Intrepid” cuando, según versiones británicas, un albatros se incrustó en su rotor y provocó su caída al mar. Solo que la cantidad de comandos no era de 20 sino bastante menor y de ellos, solo un par habría perecido junto con el operador de a bordo. La afirmación hecha por los autores de Malvinas, la Guerra Aérea, de que en días posteriores se encontraron restos de un ave marina flotando en el mar, es poco creíble. Dos días después de esos acontecimientos, otro Sea King británico fue baleado por efectivos del Regimiento de Infantería 24 apostados en Santa Cruz. Según versiones aún no confirmadas, menos de una semana después, tropas que viajaban en ese aparato intercambiaron disparos con soldados de la misma unidad. La noche del 20 de mayo el radar de la Fuerza Aérea captó numerosos ecos de superficie sobre el mar, a una distancia de entre 50 y 60 millas de Río Grande y a 120º de azimut. En vista de ello, el TOAS, le ordenó al Grupo Aeronaval Insular que verificara la información y en cumplimiento de esa directiva, se despachó desde Río Gallegos un Grumman S-2E Tracker que ratificó la presencia de los ecos mencionados. Casi al mismo tiempo, el puesto de comando principal de la I Brigada de Infantería de Marina observó en sus pantallas movimientos inusuales de buques no identificados próximos a la costa, entre Cabo Peña y Punta María, por lo que también solicitó ratificación aérea. Aunque existía la posibilidad de que los ecos en cuestión fuesen producto de “engaño electrónico” del enemigo, se dispuso que el comandante del BIM1 se desplazara al frente de una compañía de vehículos anfibios a oruga (VAO) en apoyo de las tareas de exploración que se estaban realizando 3 kilómetros al sur de Punta María. Al mismo tiempo, se dispuso el control de los puentes de la Ruta Nac. Nº 3 sobre los ríos Chico y Santa Cruz, tareas que se prolongaron hasta la madrugada del día 21. En horas de la mañana, tres helicópteros de la Aviación Naval patrullaron la zona poniendo especial empeño en los establecimientos rurales de la región, las rutas de acceso y los caminos alternativos que conducían a las poblaciones. El 21 de mayo el Regimiento de Infantería 1 “Patricios” recibió la orden del coronel Arturo Alais, jefe de la Agrupación “Comodoro Rivadavia”, de replegar al Escuadrón “Pringles” de la localidad de Pico Truncado, dejando una sola sección para custodiar la planta turbocompresora de gas. El resto del batallón permaneció en el sector, junto al grueso del RI1 “Patricios”, formando parte de la reserva del Comando de la IX Brigada, debido a las constantes intentonas del enemigo de atacar las bases aeronavales continentales. Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur 327 La guerra en territorio continental pareció alcanzar su clímax cuando en la madrugada del 22 al 23 de mayo un repentino alerta roja puso en guardia al regimiento. El sábado 22 a las 21.30 horas, el Centro de Información y Control de Comodoro Rivadavia notificó la presencia de tres ecos no identificados en el radial 180 de su pantalla radar, posiblemente helicópteros, que hicieron suponer que se producía un nuevo intento de aproximación enemiga para depositar tropas en el continente. El alto mando dispuso el envío de una patrulla aérea de intercepción y ataque por lo que a las 22.03 partieron desde Comodoro Rivadavia dos Pucará IA-58, el matrícula A-558 al comando del teniente Miguel Filipanics y el A-540 piloteado por el alférez Mario Luis Valko, quienes llevaban la orden de interceptar y atacar al enemigo. Durante ese primer vuelo, los pilotos no divisaron nada y regresaron, aterrizando en su base a las 22.37. Poco más de una hora después, a las 23.41, volvieron a decolar y esta vez sí, a poco de iniciado su vuelo, Filipanics alcanzó a divisar tres aeronaves no identificadas que al verlo venir, apagaron sus luces de posición y se retiraron. Al dar aviso a la torre de control, se le ordenó abrir fuego en tanto en tierra se lanzaba una alarma general hacia todos los aeródromos de Santa Cruz y Chubut y se ordenaba el obscurecimiento total de las ciudades de Trelew y Comodoro Rivadavia. Con el teniente Filipanics aún en vuelo, se perdió todo contacto con el alférez Valko en tanto se alistaba un Mirage III E para interceptar y derribar a los helicópteros británicos. El caza partió al comando del primer teniente Horacio Bosich quien fue guiado hasta los blancos desde la torre de control, después de establecer contacto de radar. Estaba armado con un misil Matra 530 IR y cañones de 30 mm y volaba a 1000 pies de altura sobre un terreno de elevaciones, en plena obscuridad. En esas condiciones hizo el enganche y cuando estaba a punto de oprimir el obturador, una repentina duda lo hizo desistir. No tenía certeza de la naturaleza del blanco y por esa razón decidió seguir adelante hasta hacer contacto visual. No lo logró y eso dio al enemigo el tiempo suficiente como para evadirse. La torre de control lo guió hasta el objetivo en cinco oportunidades más pero en la obscuridad de la noche, a Bosich le fue imposible dar con él. Ya de regreso, cuando estaba a punto de tomar pista, la base apagó las luces ante un nuevo alerta roja, razón por la cual el piloto volvió a tomar altura y efectuó varios giros hasta que la amenaza pasó. Esa misma noche (22 al 23 de mayo), los soldados Marcelo Díaz y Sergio Freire que integraban la sección que debía instalar radares en diferentes puntos del litoral patagónico, llegaron a un paraje conocido como La Lobería. Venían de montar sistemas similares en Caleta Córdova, al norte de Comodoro Rivadavia, Caleta Olivares, Caleta Olivia y Rada Tilly, casi en el límite con Santa Cruz y debían seguir hacia el norte, para emplazar cuatro más. Los trabajos en este punto fueron idénticos a los anteriores y cuando todo estuvo listo, los soldados, junto a sus oficiales, se retiraron a racionar. Eran las 02.00 o 03.00 de la madrugada, plena noche todavía, una explosión estremeció la región. La sección entera se puso de pie y corrió hacia donde se encontraba el radar comprobando, al llegar, que el mismo había sido destruido por un disparo de mortero. Por la mañana, patrullas destacadas en el litoral dieron con cinco botes neumáticos abandonados en la costa, evidencia tangible de que se había producido un desembarco y que tropas británicas se habían infiltrados en la zona. Al día siguiente, efectivos del Ejército detuvieron a un grupo de personas que vestían saco y corbata y portaban maletines. Se trataba de tropas de elite británicas que transportaban armamento y explosivos para actos de sabotaje, novedad que volvió a poner en alerta a toda la región. Alberto N. Manfredi (h) 328Por esa razón, se despacharon aviones Pucará IA-58 del Grupo IV de Ataque perteneciente a la Brigada Aérea para efectuar patrullas sobre el litoral argentino. El 23 de mayo por la mañana, al día siguiente de la incursión británica en Lobería, un pelotón del Ejército que recorría la región llegó a una precaria vivienda entre aquel punto y Rada Tilly donde se tenía la evidencia que comandos enemigos se habían alojado allí. Los soldados bajaron del camión que los transportaba y se aproximaron cautelosamente al lugar. Una vez frente a la propiedad, el conscripto Sergio Freire abrió la puerta de una patada y al irrumpir en el interior, él y sus compañeros encontraron a una temblorosa mujer que con su bebé en brazos gritaba desesperada: “¡¡Los gringos ya se fueron!!”. El 24 de mayo se hicieron numerosos vuelos en busca del alférez Valko. Un Fokker F-27 y un DHC-6 Twin Otter, con los indicativos “Negro” y “Romeo”, recorrieron la costa sur del Golfo San Jorge junto a un helicóptero Bell-212, que llevaba el indicativo “Liebre”. Hallaron los restos del Pucará a diez kilómetros al sur de Caleta Olivia y otros dos mar adentro. Como después se supo, su piloto, nacido en la ciudad de Buenos Aires el 28 de junio de 1958, había perecido instantáneamente. La gran pregunta que todo el mundo se hizo inmediatamente después de recuperado su cuerpo fue si lo suyo había sido un accidente o si había perecido durante una acción de combate. Ese día también desapareció el subteniente Juan Omar Abraham cuando se internó en el mar en busca de Valko, aprovechando la bajante. Su cuerpo fue hallado el 25 de mayo, mientras flotaba al sur de la ría. Las fuerzas armadas argentinas combatieron también en el continente, resistiendo y desbaratando intentos de desembarco de tropas de elite enemigas, efectuando misiones de ataque, exploración y rescate e incluso, abatiendo y haciendo prisioneros a cuadros efectivos británicos. Como acertadamente ha dicho el ex combatiente Héctor Cibeira, quien durante la guerra integró la Compañía de Comunicaciones 101, “Es ingenuo pensar que nos estábamos enfrentando a la segunda potencia de la OTAN y que no tendrían comandos, espías y servicios dentro del continente. Justamente el lugar [desde] donde les estaban produciendo los mayores daños. Porque el daño a los ingleses no provino de las islas, sino de la costa, y eso era lo que ellos quería detener. Es inocente pensar que los ingleses se iban a quedar con los brazos cruzados viendo cómo los aviones

555555 longitud , a solo a 20 millas del lugar en el que se había producido el ataque anterior, lanzó el torpedo MK-44 SW MOD 1 e inmediatamente después, inició una serie de órbitas para seguir de cerca el desenlace del ataque. El proyectil cayó con su paracaídas de frenado desplegado y se sumergió en las aguas, inició su trayectoria de búsqueda en espiral descendente, activando su motor de 30 caballos de fuerza e iniciando un recorrido helicoidal de 7,7 metros por segundo hacia las profundidades. Inmediatamente después, los escuchas a bordo de las aeronaves que seguían sus evoluciones, sintieron claramente como el proyectil aceleraba las revoluciones de su hélice, clara señal de que había detectado el blanco. Sin embargo, no se produjo ninguna explosión y los rumores hidropónicos desaparecieron. El submarino logró evadir el torpedo mientras descendía presurosamente hacia el fondo del mar para asentarse abruptamente sobre su lecho. Fortini hizo una barrida con el radar para ver si detectaba algo y pasadas las 11.00 cumpliendo la orden transmitida por el controlador de a bordo en el portaaviones, teniente de fragata Guillermo Alfredo Frogone, emprendió el regreso, seguido por los helicópteros. A las 05.06 del 5 de mayo, el HMS “Splendid” se encontraba frente a Bahía de los Nodales, provincia de Santa Cruz, casi a la altura de río Deseado, siguiendo un rumor clasificado como S-36. El día anterior había navegado frente a Cabo Blanco, al sur del Golfo San Jorge, en procura de unidades de la flota argentina, cumpliendo órdenes del alto mando naval. A las 08.38 el controlador de sonar detectó un rumor de hélices y una hora después (09.36) obtuvo un nuevo contacto a 15.300 yardas al nornoroeste de su posición. Se trataba de un objeto que navegaba a 10 nudos con un curso de 140º al que, diecisiete minutos después, clasificaron como submarino. Sin embargo, el mismo desapareció inmediatamente, novedad que el capitán Lane-Noot apuntó en su libro de bitácora señalando que posiblemente se tratase del “Salta”. Por esa razón, mandó quitar los torpedos Mark-8 que tenía en los tubos y los reemplazó por un Mark-24 para ataque submarino. El 6 de mayo a las 07.05 decoló del “25 de Mayo” el Tracker matrícula 2-AS-24 al comando del capitán de corbeta Dabini, acompañado por el teniente de fragata Sanguinetti, el suboficial segundo Vallejo y cabo principal Raúl Cravero. Su misión consistía en sembrar una barrera de sonoboyas para tratar de ubicar el posible intruso que merodeaba desde el día anterior y monitorearlas hasta dar con él. Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur 319 El aparato llegó a los 41º 53’ S de latitud y 63º 03’ O de longitud y a las 08.50, su pantalla captó una señal que perdió a solo dos millas de distancia. El avión lanzó sobre el objeto una bomba de profundidad que se perdió en los abismos marinos sin hacer impacto y regresó al portaaviones a las 09.30. El “25 de Mayo” navegaba hacia Viedma sin sus escoltas ya que los mismos se habían rezagado en el Golfo San Matías al cargar combustible. En horas de la tarde, un Fokker F-27 de la Fuerza Aérea (el aparato matricula TC-78), informó haber avistado un submarino que navegaba al ras del agua a 40º 15 S de latitud y 60º 15 O de longitud, a 150 millas de Puerto Belgrano. El avión volaba bajo el indicativo “Titán”, al mando del mayor Osvaldo Botto, con el capitán Julio Mirgone como copiloto, el capitán Carlos Romeo Filippi como navegante, y los suboficiales José Altamiranda, Rubén Seguí y Esteban Godoy completando la tripulación. Esa misma mañana, entre las 08.00 y las 12.50, había realizado patrullajes en apoyo de la Armada, sin resultados, por lo que agotado el combustible, emprendió el regreso a Viedma. El Fokker volvió a despegar a las 14.00 y pasadas las 17.00 sobrevoló al submarino a 5000 pies de altura, cuando navegaba cerca de Bahía Blanca, distinguiendo claramente parte de la torreta, el periscopio y la estela que iba dejando en el agua. Se supo después que era el “Salta”, que en esos momentos ganaba mar abierto para dirigirse a Mar del Plata en cumplimiento de órdenes superiores. En vista de lo que había ocurrido, el Comando de la Fuerza de Submarinos le ordenó al regresar a aguas seguras (al “Salta”) en tanto se decidía un nuevo ataque a la unidad no identificada. El submarino atacado por el Tracker de Dabini era el HMS “Spartan” (S105), que operaba al mando del capitán de fragata James Taylor. De acuerdo a Sciarroni, a fines de marzo la embarcación operaba en el Mediterráneo y allí se encontraba cuando el 1 de abril recibió instrucciones de dirigirse a Gibraltar para reabastecerse y partir de inmediato hacia el sur. Así lo hizo y una vez en la base, recibió los torpedos Tigerfish Mark-24 y Sperafish que le proporcionó el HMS “Oracle”. Navegando a 23 nudos de velocidad el “Spartan” llegó a Puerto Argentino el 14 de abril detectando inmediatamente al decomisado “Forrest” y al “Isla de los Estados” cuando sembraban minas en la entrada del fondeadero. Dos días después se le ordenó desplazarse hacia el litoral patagónico y el 1 de mayo inició la búsqueda del “25 de Mayo” junto al “Splendid”.El 6 de ese mes el submarino se encontraba al sudeste de Puerto Belgrano cuando fue visto por primera vez por la aviación argentina. Para entonces, ya había detectado la actividad aérea de los Tracker e incluso de los Embraer 111 Bandeirantes de origen brasilero y sabía que debería tomar todas las precauciones si no quería ser descubierto y atacado. El 7 de mayo los británicos extendieron la zona de exclusión marítima hasta las 12 millas náuticas del litoral patagónico y bonaerense abarcando de ese, modo, todo el Mar Argentino. Ese día, a las 16.00, partió desde el “25 de Mayo” con muy poca visibilidad y bajo plafond, el Tracker matrícula 2-AS-26, tripulado por

444444A las 14.55 despegó nuevamente el 2-AS-22, piloteado esta vez por el capitán de corbeta Julio Covarrubias (Subcomandante de escuadrilla) quien llevaba a bordo al Teniente de Fragata Daniel Marinsalta(copiloto) y al suboficial segundo Hugo Vallejos y el cabo primero Raúl Cufré como tripulantes. El avión decoló sin novedad y poco después identificó al “Formosa” y a otras tres naves lejanas ajenas al conflicto, sin lograr contactos significativos. Por esa razón, a las 19.35 emprendió el regreso sin saber que una hora y media antes, el “Splendid” lo había ubicado en su pantalla. Durante todo ese día y parte del siguiente, el Grupo de Tareas 79.1 encabezado por el portaaviones “25 de Mayo”, navegó paralelo a la costa patagónica, 70 millas al sudeste de Puerto Deseado, en procura del atacado Aviso “Sobral” que en esos momentos se desplazaba lentamente hacia el litoral, con varios muertos y heridos a bordo, además de importantes daños en su estructura. El 5 de mayo el GT 79.1 hacía lo propio a la altura de Bahía de los Huesos (provincia de Chubut) cuando recibió un pedido de auxilio en 500 kilociclos, proveniente de la mencionada embarcación. Se decidió de inmediato despachar una patrulla de búsqueda para dar con ella, catapultándose a las 07.05 al Tracker muleto 2-AS-23 al mando del teniente de navío Carlos Cal, quien voló acompañado por el guardiamarina Gustavo Ferrari como copiloto, el suboficial segundo Rodolfo Aníbal Lencina y el cabo segundo Enzo Panaritti, como operadores de sonar. El avión, armado con torpedos MK-44 SW de 196 kilogramos de peso, tenía como misión efectuar exploración y búsqueda del Aviso “Sobral” que en esos momentos se desplazaba con rumbo desconocido por el Mar Argentino. A las 07.43 el piloto informó que tenía un contacto chico en la pantalla de su radar, a 44º 20’ de latitud Sur y 64º 40’ de longitud Oeste y que se disponía a explorar. Volando hacia ese sector, detectó a lo lejos la estela de un periscopio perteneciente a un submarino no identificado que navegaba a la altura de Bahía Camarones, en dirección norte a 090º y 10 millas. Decidido a no dejar escapar esa presa, se dispuso a atacar el objeto, convencido que se trataba de una nave enemiga. Cuando los relojes de a bordo daban las 07.46, el avión alcanzó los 44º 20’ de latitud Sur y 64º 40’ de longitud Oeste y tras hacer las correspondientes evaluaciones, disparó un torpedo y una sonoboya pasiva. El aparato permaneció orbitando en el lugar hasta que, al cabo de unos minutos, se le ordenó proseguir con la búsqueda del “Sobral”. Cuando el teniente Cal informó sobre la presencia del submarino, dispuso que los pilotos de Sea King y Grumman S-2E Tracker concurrir a la Sala de Prevuelo, para impartirles las instrucciones de una nueva misión de ataque. A las 08.00 se dio por finalizada la misma y a las 08.05 despegó el Sea King SH-3 matrícula 2-H-231 equipado con un sonar ASQ-13, al que tripulaban los tenientes de navío Osvaldo Iglesias (Tarzán) y Guillermo Iglesias (Oaki) como piloto y copiloto, elteniente de fragata Edgardo García como navegador y los suboficiales Martín Ramos y José Ponce, como operadores de sensores. Su misión era restablecer contacto con el submarino enemigo y, de ser posible, atacarlo. A las 08.47 despegó un segundo Sea King, matrícula 2-H-232 que llevaba como piloto al comandante de la escuadrilla, capitán Norberto Barro (Rufo), y como copiloto al teniente Antonio Urbano, con la misión de apoyar las acciones del 2-H-231. Un minuto después fue catapultado el Grumman S-2E Tracker matrícula 2-AS-24 al mando del teniente de navío Enrique Fortini, a quien acompañaban su igual en el rango, Carlos Ferrer (Chingolo) como copiloto y los suboficiales José Raimondo y Raúl Ignacio Cufre como operadores 3 y 4. Fortini, había volado una misión de exploración antisuperficie la tarde el 2 de mayo a bordo del Tracker 2-AS-26 junto al teniente de navío Rafael Sgueglia y los suboficiales Rodolfo Lencina y Ernesto Paulinkas, para ubicar al grupo de portaaviones enemigo. En pleno vuelo hacia el objetivo, el Sea King 2-H-231 efectuó táctica antisubmarina acústica pasiva, arriando el sonar al cabo de varios minutos de búsqueda y efectuando sucesivos saltos en tanto el 2-H-232 se mantenía en apoyo alistando sus torpedos, después de anunciar por radio que su sonar la presentaba inconvenientes. Fue entonces que el teniente Fortini sembró tres sonoboyas en una trayectoria Alfa a efectos de cubrir una amplia zona en torno a su posición. Eso le permitió confirmar el rumor hidrofónico de hélices que coincidía con el contacto efectuado a las 09.10 por el teniente García del 2-H-231 en un punto situado en los 44º 27’ S de latitud y 64º 19’ O de longitud. Fortini ordenó informar la novedad al portaviones y al resto de la escuadrilla y guiado por los dos helicópteros, obtuvo otros ocho contactos MAD (Anomalías Magnéticas), calificados como submarino navegando en dirección sur/sudeste, evidencia de que la unidad enemiga detectada en la madrugaba, merodeaba todavía por las inmediaciones. A las 10.00 el sonar del Sea King 2-H-231 seguía manteniendo el contacto, observando que el objeto aumenta su velocidad y que, efectivamente, se trataba de una unidad mecánica inteligente. Fortini decidió atacar y por esa razón, efectuó un pronunciado viraje para dirigirse al objetivo, siempre guiado por el helicóptero. Durante el trayecto, su copiloto procedió a programar el torpedo y minutos después anunció que estaba listo para disparar. El avión abrió su bodega de armamento y a los 44º 33’ S de latitud y 64º 16’ O de

333333una prolongada campaña en alta mar. La unidad partió del sudoeste de Escocia el 1 de abril y llegó a la zona asignada, al noroeste de Malvinas, dos semanas después. Desde ese punto llevó a cabo diversas misiones de reconocimiento sobre el litoral argentino entre Río Gallegos, Comodoro Rivadavia y las bocas del Río de la Plata y el 21 de abril recibió órdenes de dirigirse a Punta Delgada, al sudeste de la Península de Valdés y 480 millas al noroeste de Malvinas, donde la Central de Inteligencia británica había detectado al “25 de Mayo”. Una vez allí debía aguardar y proceder a hundirlo en caso de comenzar las hostilidades. El submarino localizó al portaaviones dos días después, en aguas poco profundas del litoral, donde le resultaba imposible operar, razón por la cual se le ordenó dirigirse hacia el sur y buscar al resto de la flota. El día 26 detectó al “Hércules” y al “Santísima Trinidad” navegando a la altura de Comodoro Rivadavia, muy cerca de tres corbetas A69 y de acuerdo a las instrucciones que tenía, comenzó a seguir a la formación hasta el día siguiente cuando una nueva orden lo obligó a poner proa hacia el norte donde todo parecía indicar que el “25 de Mayo” navegaba en aguas abiertas. El capitán intentó explicar al Comando Naval que eso era imposible porque el portaaviones debía estar cerca de sus escoltas pero su superior, el vicealmirante Peter Herbert, le exigió en tono firme cumplir la directiva. El “Splendid” buscó al portaaviones hasta el día 29 de abril cuando se le ordenó virar hacia el sur e ir nuevamente en busca de la formación anterior. No le resultó difícil dar con la misma; fue en horas de la tarde y para sorpresa de su comandante, a las unidades navales de superficie se les había incorporado el ARA “Comodoro Py” (D-27). El submarino aminoró su marcha para emitir un mensaje al Comando Naval y ese fue el preciso momento en que los buques argentinos aceleraron y se evadieron hacia el sudoeste. Poco después los equipos de a bordo detectaron un Sea King que hacía exploración emitiendo señales con su radar y eso los obligó a huir también a ellos. El 1 de mayo la Inteligencia Británica señaló al “Splendid” y a su gemelo “Spartan” la nueva ubicación del “25 de Mayo”. Las dos naves se desplazaron hacia allí pero al pero al llegar al punto indicado no hallaron nada.Dos días después, el capitán Lane-Nott fue advertido que unidades de superficie argentinas se encontraban a solo 50 millas náuticas al nornoreste de su posición y que debía atacarlas. Toda esa información provenía de los satélites norteamericanos SIGINT (Signal Intelligence) que habían reorientado sus antenas hacia Buenos Aires y Puerto Belgrano, los KH-11 Nº 3 y Nº 4 (Key Hole) de órbita baja, dotados de resolución diurna óptica máxima de 10 cm y nocturna de 60 cm y radares y sensores infrarrojos que permitían obtener la información en tiempo real. Puestos en órbita el 7 febrero 1980 y 3 septiembre 1981 respectivamente, se reprogramaron sus órbitas normales para que pasasen sobre el Atlántico Sur, haciendo dos sobrevuelos diarios junto a otros tres satélites de inteligencia electrónica cuya triangulación facilitaba un inmejorable panorama de la zona. Como bien explica Mariano Sciaroni, junto a ellos operaba un KH-9 del programa Hexagon/Big Bird de reconocimiento fotográfico lanzado especialmente al espacio el 11 de mayo de 1982, a bordo de un cohete Titán IIID, para cubrir la guerra. Mientras tanto, la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires y la Fuerza de Tareas descifraban las comunicaciones de la Armada Argentina empleando la información suministrada por la empresa suiza Crypto AG, fabricante de las cifradoras/descifradoras que aquella utilizaba, esto de acuerdo a información extraoficial obtenida después del conflicto. Ese mismo día, a las 07.35, la flota argentina ingresó en el Golfo San Jorge y allí se mantuvo en espera de instrucciones. Por entonces, se tenía la certeza en Buenos Aires de que submarinos enemigos merodeaban sus aguas continentales. En el diario de Guerra Liceo Militar “General Roca” de Comodoro Rivadavia quedó asentado el avistaje de uno de ellos ocurrido el 1 de mayo. Tres días después, a las 08.00, el pesquero “Doña Mariela” descubrió otro sumergible desplazándose lentamente en superficie a los 45º 10’ S de latitud y 66º 00’ O de longitud que, al parecer, percatado de su presencia, hizo inmersión de manera inmediata y desapareció. Otros avistamientos en Punta Tombo y Playa Unión, provincia de Chubut se sumaron a los anteriores en esos días, navegando por el Golfo San Jorge fue que se decidió lanzar un segundo avión en busca del submarino. Convocados a la Sala de Prevuelo del “25 de Mayo”, los pilotos de la Escuadrilla Aeronaval Antisubmarina recibieron las indicaciones pertinentes y a las 09.25, corrieron hacia el Grumman S-2E Tracker matrícula 2-AS-24 que se hallaba en la pista para ocupar sus posiciones. El capitán de corbeta Héctor Skare lo hizo en el asiento del piloto, el teniente de fragata Luis Sanguinetti en el del copiloto y los suboficiales segundos Rodolfo Lencina y Jorge César Lencina, en los de los operadores, en la parte posterior. El almirante Allara observaba los movimientos desde la torre de mando junto al comandante del portaaviones, capitán de navío José Julio Sarcona y su segundo, capitán de fragata Ricardo Aumann. Cuando los mecánicos dieron el visto bueno indicando que todo estaba en orden, Skare y Sanguinetti clavaron la vista en el señalero de cubierta y siguiendo sus indicaciones,dieron máxima potencia a sus turbinas e iniciaron la corrida (09.35), levantando vuelo mientras ganaban el mar dejando atrás la imponente mole de hierro del “25 de Mayo”. Volaron cuatro horas sin dar con el objetivo por lo que, en el límite de su autonomía, a las 13.40, emprendieron el regreso. A las 16.16 despegó el Tracker 2-AS-26 del capitán de corbeta Alberto Dabini. Su copiloto, el teniente de corbeta Juan Carlos Bazán, el cabo principal Ernesto Paulinkas y el cabo primero Oscar Condorí completaban la tripulación que estuvo en vuelo hasta las17.40 cuando, después de sobrevolar las posibles rutas del objeto sin localizarlo, estuvo de regreso. A las 23.40 partió el 2-AS-22 al mando del capitán de corbeta Emilio Goitía, con el teniente de corbeta Horacio Núñez como copiloto, el cabo primero Néstor Conde y cabo segundo Juan Carreras completando la dotación. Su vuelo duró algo más de dos horas y finalizó a las 01.18 del 4 de mayo, sin ningún resultado. Hubo un accidentado vuelo nocturno del aparato matrícula 2-AS-26 que después de su derrotero, debió dirigirse a Trelew al experimentar fallas en uno de sus motores, reintegrándose al portaviones a las 09.03 de día siguiente. A las 00.23 del 4 de mayo se lanzó una nueva misión de exploración, esta vez a cargo del Tracker 2-AS-22, piloteado por el teniente de navío Juan José Membrana, con el teniente de fragata Gustavo Ottogalli como copiloto, el cabo principal Ernesto Paulinkas como operador de medidas de apoyo electrónico y el cabo primero Condorí a cargo de la pantalla radar. Debían sembrar una barrera de trece sonoboyas en Golfo San Jorge, para ser monitoreadas de a una, cada 15 minutos, por el equipo AQA-4 de a bordo y así detectar a posibles intrusos.A las 02.40 el “Splendid” navegaba al ras del agua cuando su radar captó presencia enemiga al nornoroeste de su posición. Esa señal se mantuvo hasta las 05.31 cuando aumentó considerablemente obligando a su comandante a ordenar inmersión inmediata a plano profundo. El submarino seguía la derrota del “25 de Mayo” en dirección norte, pegado a la costa del Golfo de San Jorge, cuando descubrió al avión. Como el eco desapareció inmediatamente después de la inmersión, Lane-Nott ordenó el ascenso a superficie, muy cautelosamente para “tantear el ambiente”. Con mucho alivio la tripulación comprobó que no había nada y que podían seguir adelante con su misión. Eran las 06.47 cuando el submarino ubicó al portaaviones junto a uno de sus escoltas y embarcaciones menores. Sin perder tiempo, se dispuso a atacarlo pero de manera repentina, los ecos desaparecieron de sus radares. Dos horas y treinta y cuatro minutos después, el equipo de alerta de a bordo captó una nave de envergadura desplazándose a 11 nudos en dirección al continente, novedad que llevó al capitán Lane-Nott a ordenar a la tripulación ocupar puestos de combate. El comandante sacó el periscopio a la superficie y para su desazón comprobó que la embarcación en cuestión era el enorme carguero “Formosa”, que atacado por error por la Fuerza Aérea Argentina, navegaba hacia tierra firme con una bomba sin estallar en sus bodegas. Después de suspender el ataque por entender que el objetivo no revestía peligro, Lane-Noot trazó un bosquejo de la embarcación y horas después hizo lo mismo con un segundo transporte que ubicó unas millas más adelante.

222222de sus compañeros caídos. Una versión que ha venido circulando desde esos días, no confirmada oficialmente, da cuenta de que un rápido operativo cerrojo de las FFAA habría cercado a los incursores abatiendo a seis de ellos y capturando a un número igual. A treinta años de la guerra, todo parece indicar que efectivamente, el helicóptero Bell UH-1H de la Aviación de Ejército fue abatido por tropas de elite británicas infiltradas el 29 de marzo, las mismas que habrían desembarcado de los dos submarinos que aquel día se aproximaron sigilosamente a la costa. Esos comandos se habrían refugiado en un punto cercano a Caleta Olivia, al parecer la estancia “La Floradora”, propiedad de súbditos ingleses y su objetivo era, probablemente, la base aérea de Comodoro Rivadavia, desde la que operaban las escuadrillas de aviones Canberra que ya habían realizado incursiones sobre las fuerzas navales enemigas en las islas Georgias y llevarían a cabo otras a partir del recrudecimiento de las acciones. A punto de ser descubiertas, el 30 de abril habrían derribado al AE-419 y en la mañana del 1 de mayo debieron embarcar en los submarinos detectados en el Golfo San Jorge. Veinticinco años después, algunos de los soldados que prestaron servicio en el Liceo Militar General Roca iban a recordar esos hechos, relatando a la prensa sus pormenores así como también, detalles del cautiverio de los soldados ingleses que se habían rendido entre el 2 y el 3 de abril en las Malvinas. Edgardo Blaguerman tenía claro en su mente el momento en que varios de ellos les regalaron sus pañuelos y cuando Jeffrey Warner le obsequió su paquete de primeros auxilios, “trofeo” que todavía conservaba un cuarto de siglo después. Escoltándolos hasta el ómnibus que los llevaría hacia el aeropuerto, quedó retratado en una fotografía publicada por un diario chubutense, mientras llevaba en el bolsillo derecho de su chaqueta, los pasaportes de los prisioneros. Sin embargo, durante un reportaje que se le hizo en esa oportunidad, cerró su comentario con una versión que más parece fantasía que realidad. Al parecer, durante una batalla cuerpo a cuerpo en el mes de junio, un teniente primero de apellido Echeverría, luego retirado, estuvo a punto de ser abatido por un inglés que, finalmente, le perdonó la vida. “No lo hago –le habría dicho- porque Blaguerman y Bruno me trataron bien en Comodoro Rivadavia”. De ser cierta la versión, el británico en cuestión se la debe haber pasado perdonando a argentinos durante toda la campaña. El 5 de mayo de 1982 aviones Grumman S-2E Tracker y helicópteros Sea King de la 2ª Escuadrilla Aeronaval llevaron a cabo el primer ataque aeronaval desde el portaaviones “25 de Mayo”. Mariano Sciarroni relata sus pormenores en Malvinas. Tras los submarinos ingleses explicando que en la madrugada del 3 de mayo, el sistema de vigilancia del destructor “Santísima Trinidad” detectó señales electrónicas intermitentes que se perdieron a poco de aparecer en sus pantallas. A las 10.43 se obtuvo un nuevo contacto en cercanías isla Rasa (48º 38’S de latitud y 65º 36’O de longitud), a escasas 25 millas del Grupo de Tareas que, como el anterior, se perdió a los pocos minutos. En vista de ello, el Comando Naval a bordo del portaaviones decidió enviar uno de los dos Sea King de su dotación, el matrícula 2-H-234, que a las 11.03 despegó de cubierta al mando del teniente de navío Osvaldo Iglesias. Completaban su tripulación el teniente de navío Guillermo Iglesias en calidad de co-piloto y los suboficiales Antonio Barbone, Raúl Llanos y Julio Perea como navegantes y operadores de los sistemas de sonar y detección lejana. El helicóptero decoló bajo un cielo cubierto y precipitaciones y tras un corto vuelo sobre un mar color plomo, llegó al lugar (11.20). Tras posicionarse a 13 metros del agua, la tripulación hizo bajar el transductor del sonar para intentar ubicar al objeto que ocasionaba los ecos. El cable con el hidrófobo desaparecieron bajo las olas sin detectar nada, por lo que el helicóptero se desplazó unas 12 millas náuticas al sudoeste para repetir la operación. Fue en ese lugar donde detectaron un rumor proveniente de un objeto metálico situado entre los 330º y el 030º, novedad que informaron al portaaviones de manera inmediata. A los 110º volvió a bajarse el sonar y ahí fue donde se escuchó con mucha claridad un nuevo rumor que desapareció inmediatamente después. 314 A las 12.56, encontrándose en el límite de su autonomía, el Sea King emprendió el regreso, después de notificar a la torre el nuevo hallazgo. Mucho mas al sur, a las 09.30, el vigía ubicado en la proa del Neptune matrícula 2-P-111 que sobrevolaba las aguas en busca de sobrevivientes del “General Belgrano”, descubrió lo que parecía ser un submarino que se desplazaba semisumergido a 56º 00 S de latitud y 59º 30’ O de longitud. El avión comunicó la novedad a tierra y a los buques que operaban en la cercanía y solicitó instrucciones. Se le ordenó dar caza al sumergible, tarea que le insumió cerca de dos horas hasta que una contraorden lo obligó a suspender la misión y regresar a la búsqueda de los náufragos. En esos momentos, el submarino nuclear HMS “Splendid” (S106) buscaba al “25 de Mayo” con intenciones de hundirlo y, de esa manera, dar el golpe mortal a la flota argentina que aún representaba una seria amenaza para la Task Force. El submarino británico era un arma formidable que, al comando del capitán de fragata Roger Lane-Nott, desplazaba sumergido 4900 toneladas y podía alcanzar hasta 30 nudos de velocidad. De acuerdo al relato de Sciaroni, disponía de cinco tubos de lanzamiento en proa y se hallaba en patrulla en Atlántico Norte cuando al estallar el conflicto le fue ordenado regresar Faslane a fin de avituallarse y ponerse en condiciones para

jueves, 24 de octubre de 2013

111111 CONTINENTE INTRODUCCIÓN El libro “Fuimos Movilizados”, escrito por mí anteriormente, sólo fue un corto relato de los hechos acaecidos durante nuestra movilización a una de las BAM, (Base Aérea Militar), que la Fuerza Aérea Argentina, tenía distribuidas por la Patagonia, durante la Guerra de Malvinas, contra el Reino Unido, en el año 1982. En realidad, sólo fueron unos pocos recuerdos y anécdotas de esa época, relatadas con humildad y sentimiento, que no tenían la pretensión de llamarse “LIBRO”. Sin embargo, fue leído por mucha gente, colocado en numerosos post en Internet, y bastante comentado. He recibido muchas felicitaciones y agradecimientos por el mismo, sobre todo por un especial motivo, a saber: Al relatar nuestras vivencias de la Guerra de Malvinas, desde nuestro punto de vista, en el Continente, el público en general, que leyó el libro, tuvo la oportunidad de saber y conocer, de primera mano, como vivimos y padecimos la Guerra los soldados que formábamos parte de las Unidades y Sub-Unidades que estaban desplegadas en el sur de nuestro país, sobre todo en la provincias de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Estas Fuerzas de Combate tenían la misión primordial, tal y como lo explico en mi libro anterior, de dar protección a la Bases Aéreas Militares, desde las cuales despegaban los aviones de la Fuerza Aérea y la Armada Argentinas, para atacar a la flota británica, y que le causaran tanto daño, que estuvieron muy cerca de perder la guerra, tal como ellos mismos lo afirman. Se han escrito muchos libros sobre la guerra y las acciones de combate llevadas a cabo en las Islas Malvinas, y las Georgias, y Sandwich, tanto en tierra, como en el mar y el aire. Incluso se hicieron películas sobre el tema. Pero nunca se había escrito sobre lo que sucedía en la Zona de Despliegue Continental, mientras tanto, ni qué era lo que mantenía ocupados a los soldados allí apostados. “Fuimos Movilizados” fue escrito para que, al leerlo, el público conociera la realidad sucedida en estos territorios. “CONTINENTE”, va un poco más allá. Aquí, no voy a narrar sólo lo que sucedía en la BAM San Julián, base de la Fuerza Aérea, situada en la localidad del mismo nombre, en la provincia de Santa Cruz, y tampoco voy a relatar sólo lo que le aconteció a mi unidad, allí destacada. A la luz de las noticias conocidas en los últimos años, y, basándome, tanto en los Diarios de Guerra de las diferentes Unidades y sub-unidades destacadas a lo largo del territorio continental, así como en los relatos de los propios protagonistas, y de varios libros que han sido escritos por diferentes autores, el objetivo de este libro es narrar todas las ACCIONES DE COMBATE, llevadas a cabo, en el territorio continental, y que son poco, o nunca fueron, conocidas por el público en general. Por supuesto, no podré relatar las acciones que aún se mantienen en el más absoluto secreto por el Reino Unido, en los archivos sellados, los cuales podrán ser conocidos, públicamente, recién dentro de 90 años, si no prolongan nuevamente el lapso de tiempo. Lo lamentable es que, por parte del gobierno argentino, también se mantengan en secreto estos hechos, sólo conocidos por sus protagonistas, aunque algunos de ellos se han filtrado a la luz pública, a través de comentarios o han sido descubiertos investigando exhaustivamente en los Libros y Diarios de Guerra de las diferentes Unidades. CAPÍTULO 1 Así, es que comenzaremos con las acciones de combate, que se llevaron a cabo, en el continente, según un extracto del libro MALVINAS. Guerra en el Atlántico Sur, cuyo autor, Alberto Manfredi (h), nos cuenta, con grandes detalles estas acciones, en el capítulo, justamente llamado “La Lucha en el Continente”. Página 309 a 328. Antes, debo aclarar que Alberto Manfredi (h), es Historiador y que escribió más de cien artículos especializados, y nueve libros de su sola autoría, y tres más, en conjunto con Jorge André Lavalle, sobre San Isidro. Se desempeña en el Instituto Histórico de San Isidro. He aquí el capítulo de su libro: Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur 309 LA LUCHA EN EL CONTINENTE Lejos de lo que durante mucho tiempo se creyó, la guerra del Atlántico Sur no se circunscribió solamente a los archipiélagos australes sino que también involucró importantes áreas del continente e incluso, regiones mucho más distantes, como veremos más adelante. Aquel agitado 1 de mayo de 1982, los británicos intentaron una de sus primeras incursiones en el sur argentino. Recordará el lector que al referirnos al “Yehuin” dijimos que una noche de fines de abril, durante una de sus misiones de apoyo en el litoral patagónico, el radar de a bordo captó señales de lo que parecía ser un submarino no identificado navegando en las proximidades. Días después, en la bahía San Sebastián, al norte de Tierra del Fuego, se observaron señales luminosas que alguien hacía en la obscuridad, desde ese punto en dirección al mar. No lejos de allí, se encontraba la Estancia Cullen, establecimiento rural en el que tenía asiento personal del consulado inglés. Aquel fue uno de los primeros indicios de que los británicos intentaban infiltrar tropas en territorio argentino para llevar a cabo acciones de ataque y sabotaje contra las bases aéreas del continente. Ese día fueron detectados dos submarinos ingleses en el Golfo San Jorge, navegando en proximidades de Caleta Olivia, hecho que llevó al alto mando argentino a dar el alerta a toda la región. La novedad no hizo más que confirmar la información suministrada dos días antes por el comando del TOAS en el sentido que comandos británicos habían desembarcado en la costa patagónica, en un punto ubicado al sur de Caleta Olivia, entre esa localidad y Puerto Deseado y que se habían refugiado en una estancia de la región. El parte fue registrado en el Diario de Guerra del Liceo Militar General Roca de Comodoro Rivadavia, el 1 de mayo a las 10.30 horas y puso en estado de guardia a las guarniciones del sur. Casi un mes después, el 29 de abril a las 20.15 hs, el director del mencionado establecimiento, teniente coronel Miguel Ángel Clodoveo Arévalo, recibió un llamado urgente en el que se le comunicaba que tropas de elite enemigas habían desembarcado en algún punto al sur del Golfo San Jorge, cerca de Caleta Olivia, y estaban dispuestas a llevar a cabo acciones. En el liceo, se hallaban detenidos varios de los efectivos británicos que se habían rendido a las tropas argentinas el 2 de abril y por esa razón se extremaban las medidas de seguridad. Se trataba de Jeffrey William Warnes, de 37 años de edad; Stephen Charles York de 27, Richard Overall de 22 James William McKay de 21, Gary Moore de 19, Martin Thomas Smith y Stephen Dale, quienes llegaron allí el 5 de abril a bordo de un Hércules C-130 vigilados por un pelotón al mando del capitán Luis Bruno, jefe de la Compañía de Reserva del Liceo. La llegada de los prisioneros fue supervisada por el teniente coronel Arévalo, quien dispuso que fueran alojados en la Sala de Armas de una de las compañías de cadetes, único sitio con rejas del establecimiento disponible en ese momento. Para entonces se especulaba con que los comandos británicos intentarían rescatar a sus compatriotas y por esa razón se ordenó tener a la guarnición lista para entrar en combate, reforzándose las guardias y licenciando a los jóvenes cadetes de entre 12 y 17 años que estudiaban allí, además de alistar dos helicópteros para salir en busca de posibles incursores. Los soldados Eduardo Taboada, Marcos Medina, Edgardo Blaguerman, Enrique Pirani, Luis Daniel García, Oscar Steinbach, Fernando Luis Sieyra, Darío Filazzolau y Claudio Tantignone eran nueve de los efectivos que, al mando del capitán Héctor Marengo, se hallaban de guardia el día en que cundió la alerta en el liceo. Blaguerman y Tantignone 310 hablaban inglés y por esa razón fueron escogidos para custodiar a los prisioneros y hacer las veces de intérpretes. Blaguerman llegó a trabar amistad con ellos, tanta, que una noche en que un apagón sumió en tinieblas el lugar, los ingleses, presas del temor e incertidumbre, recurrieron a él llamándolo a los gritos. Durante su cautiverio, el mayor de ellos, Warnes, le contó varias cosas sobre su persona, entre ellas, que era casado, que tenía dos hijos y que había combatido en Indonesia. A los ingleses detenidos se los trató de acuerdo a la Convención de Ginebra. Se les permitía hacer gimnasia en una habitación contigua a la sala de armas custodiados por hombres fuertemente armados y se les proveyó de lo necesario para sus necesidades básicas. Ellos, por su parte, hablaban poco, obedecían las indicaciones y mantenían en todo momento una actitud muy profesional. Para entonces, las versiones sobre una misión de tipo comando por parte de las fuerzas especiales del Reino Unido, comenzó a tomar cuerpo. Una noche, a poco de la llegada de los prisioneros, se produjo un fuerte tiroteo entre las tropas que defendían el liceo y fuerzas no identificadas que se desplazaban por los alrededores, lo que hizo suponer a las autoridades que se trataba de tropas de elite enemigas que intentaban acercarse a la unidad militar. El 17 de abril, los prisioneros fueron deportados hacia Montevideo y desde allí, devueltos a Gran Bretaña. Su partida no devolvió la calma al cuartel sino todo lo contrario ya que la presencia de fuerzas especiales desembarcadas en el continente cobró más fuerza que nunca cuando se supo que el alto mando británico organizaba ataques a las bases aéreas en territorio argentino, a efectos de contrarrestar la amenaza que implicaban para la Fuerza de Tareas los Super Etendard y A4 allí desplegados. Se tenían indicios de que el gobierno británico era presionado por el Parlamento para apurar las acciones en contra las bases continentales, en especial aquella desde la que operaban los Super Etendard armados con los misiles Exocet, ya que veintiún diputados conservadores de la Cámara de los Comunes habían presentado una propuesta urgiendo a la primera ministra y su gabinete “…a no debilitar la presión militar en el Atlántico Sur con el fin de eliminar la capacidad de las fuerzas argentinas que podrían provocar pérdidas inaceptables a la flota británica”. Alertadas las unidades militares del litoral patagónico, se emitieron circulares a los oficiales de enlace de las policías provinciales de Santa Cruz y Chubut, advirtiéndoles estar prevenidos y ordenándoles efectuar patrullas a lo largo de la ruta nacional Nº 3 para detectar cualquier indicio de presencia foránea y detener a toda persona extraña, sobre todo, si hablaba inglés o con marcado acento anglosajón. Esas personas debían ser remitidas inmediatamente al Destacamento de Inteligencia 182 de Neuquén y se ordenaba la más absoluta reserva al respecto. El 29 de abril, habiendo cundido el alerta ante la posibilidad de un desembarco enemigo al sur de Caleta Olivia, fueron alistados dos helicópteros Bell UH-1H del Batallón de Aviación de Combate 601, el matrícula AE-419, al mando del jefe del Liceo, teniente coronel Arévalo y el AE-414 al del capitán Marengo, los que a poco de ser abordados por efectivos de la unidad militar, partieron hacia el sur, rumbo a Caleta Olivia. Debían efectuar una misión de búsqueda y ataque previo reabastecimiento en la base de la cercana brigada aérea y a las 21.00 horas iniciar un movimiento de aproximación helitransportada mientras efectivos de la Compañía de Ingenieros 3 marchaban por tierra. El AE-419, piloteado por el teniente Marcos Antonio Fassio, llevaba al sargento primero Pedro Andrés Campos como copiloto y al sargento Néstor Daniel Barros como ametralladorista. Había partido en primer lugar, seguido quince minutos después por el 311 AE-414 del capitán Marengo, en el que viajaba Marcos Medina, uno de los soldados que tuvo a su cargo la custodia de los prisioneros ingleses. Según sus palabras, a poco de llegar, saltaron a tierra y se desplazaron hacia la costa, avanzando agazapados, con sus armas sin los seguros, listos para disparar si la ocasión se presentaba. Una vez frente a la playa, el capitán Marengo ordenó cuerpo a tierra y allí esperaron mientras la gente del primer helicóptero montaba un puesto de guardia. Permanecieron en el lugar cerca de media hora hasta que el jefe de la sección ordenó incorporarse y marchar hasta la cercana comisaría de Caleta Olivia, que se alzaba cerca de la playa, donde llegaron al cabo de veinte minutos. A las 2 de la madrugada del 30 de abril los soldados, que se encontraban descansando en el destacamento policial, recibieron la orden de prepararse para reemplazar a los efectivos del primer helicóptero que montaban guardia en la costa. Así lo hicieron y hacia allí se dirigieron, siempre a pie. La vigilancia de aquel punto duró hasta las seis y media de la mañana cuando, a falta de novedades, se les indicó levantar el puesto y dirigirse a los helicópteros que se hallaban posados a 5 kilómetros de allí. Cuando Medina y sus compañeros llegaron al punto donde se encontraba la aeronave, el AE-419 del teniente coronel Arévalo ya había partido. Salieron con rumbo al sur en un día brumoso y volaron sin contacto de radio durante varios minutos, hacia una estancia llamada “La Floradora” donde se suponía que los comandos británicos se habían ocultado. Arribaron al lugar un poco más tarde de lo planificado porque a causa de la niebla, habían equivocado la ruta y a poco de aterrizar, echaron pie a tierra y se desplegaron por el terreno, tomando posiciones cuerpo a tierra con sus armas apuntando hacia el establecimiento rural. Pasaron un buen rato en esa situación, atentos a cualquier movimiento, observando hacia lo lejos, donde se encontraban los principales edificios de la estancia mientras los oficiales recorrían el perímetro con sus prismáticos, todo en el más absoluto silencio, roto únicamente por el soplar del viento. Permanecieron cerca de cuatro horas en el lugar sin noticias de la otra máquina, que debería haberse posado en las cercanías antes que ellos. Por esa razón, pasado el mediodía, el capitán Marengo decidió regresar a la comisaría para informar los resultados de su misión. La pregunta que todos se hacían era, ¿qué había sido de Arévalo y sus hombres? A las 12.15 de aquel misterioso 30 de abril, el helicóptero AE-419 fue declarado en emergencia. Veinte minutos después un aparato similar de la Prefectura Naval de Caleta Olivia informó haber encontrado los restos de una aeronave fuera de la bahía, a unos 10 kilómetros al sur de esa localidad, por lo que a las 13.20 del mismo día, se ordenó a las unidades militares efectuar rastrillaje total utilizando para ello todos los medios disponibles. Mientras se daba cuenta de la novedad y se organizaba la búsqueda, el general Osvaldo García impartió órdenes terminantes en el sentido de no informar el a nadie y mucho menos, comunicar la desaparición de los efectivos a sus familiares. Fue un civil de las inmediaciones quien encontró los primeros indicios del desastre. El poblador, que recorría la zona colaborando con las autoridades, dio con un pedazo del tanque de combustible del helicóptero, que acercó inmediatamente a la comisaría de Caleta Olivia. Según su versión, había restos del aparato esparcidos en un radio de 300 metros. El capitán Marengo ordenó a sus soldados abordar el AE-414 y casi enseguida despegaron hacia el sur. Diez kilómetros después dieron con el siniestro. 312 Las primeras observaciones permitieron establecer que la nave no se había estrellado sino que estalló en el aire. Medina y sus compañeros, uno de ellos el soldado clase 62 Adrián García, entraron al agua intentando alcanzar la ría donde se hallaban los cuerpos. Debieron esperar la bajamar para volver a introducirse en el helado mar y con el agua hasta la cintura, alcanzar el lugar donde flotaban los cadáveres. Los encontraron sin ropa, completamente mutilados. Los soldados extrajeron seis cadáveres hasta que, repentinamente, la orden de relevamiento los obligó, tanto a ellos como al capitán Marengo, a suspender la operación y embarcar en el helicóptero. Volaron de regreso a la comisaría de Caleta Olivia y allí se alojaron por segunda vez, para permanecer en la zona tres días más. Finalmente se les indicó regresar al liceo y allí quedaron hasta el fin del conflicto, cumpliendo su servicio militar. Al capitán Marengo le llamaron la atención varios detalles, el primero, que los cuerpos mutilados de los tripulantes estuvieran completamente desnudos; que el fuselaje del helicóptero estuviese en la ría, recostado sobre la costa y el rotor a 300 metros de distancia hacia la derecha mientras que otras piezas yacían esparcidas por los alrededores de manera irregular. Fue a las 10.30 horas del día siguiente (1 de mayo) que en el Diario de Guerra del liceo se anotó lo siguiente: “01 1030 May 82. Se detectó 2 (dos) submarinos en dirección a Caleta Olivia”. Mientras eso ocurría, el alto mando argentino ordenaba el repliegue del Regimiento de Tanques 8 a Comodoro Rivadavia y dejaba apostados en Caleta Olivia al Regimiento de Infantería 1 “Patricios” (RI1 “Patricios”) y a la Compañía de Ingenieros 3 (CI3). Perecieron ese día, en el helicóptero siniestrado el jefe del Liceo Militar General Roca, teniente coronel Miguel Ángel Clodoveo Arévalo, el teniente primero Roberto Remi Sosa, los soldados clase 61 Fernando Luis Sieyra y Marcelo Gustavo Cini y los soldados clase 63 Jesús Marcial, Oscar Millapi y Daniel Alberto Palavecino además de los tripulantes del helicóptero, teniente primero Marcos Antonio Fassio, sargento primero Pedro Andrés Campos y sargento Néstor Daniel Barros. Los restos del AE-419 y su tripulación fueron retirados del lugar del siniestro en el más absoluto secreto y conducidos hasta un sector lindante a la Compañía de Transporte del Liceo Militar donde se efectuaron las pericias del caso. Esas pericias jamás se dieron a conocer y eso ha llevado a suponer que las Fuerzas Armadas argentinas ocultaron algo, posiblemente, que el helicóptero fue derribado, versión que parecen confirmar las afirmaciones de varios testigos que aseguran haber visto el agujero de un proyectil en la parte inferior del fuselaje. Los efectivos muertos fueron velados a cajón cerrado y condecorados post-mortem con la “Medalla de la Nación Argentina al Muerto en Combate” aunque ni Marengo ni sus hombres ni los tripulantes del AE-414 son considerados combatientes por el Ejército, pese a que llevaron a cabo una misión idéntica a la