jueves, 24 de octubre de 2013

111111 CONTINENTE INTRODUCCIÓN El libro “Fuimos Movilizados”, escrito por mí anteriormente, sólo fue un corto relato de los hechos acaecidos durante nuestra movilización a una de las BAM, (Base Aérea Militar), que la Fuerza Aérea Argentina, tenía distribuidas por la Patagonia, durante la Guerra de Malvinas, contra el Reino Unido, en el año 1982. En realidad, sólo fueron unos pocos recuerdos y anécdotas de esa época, relatadas con humildad y sentimiento, que no tenían la pretensión de llamarse “LIBRO”. Sin embargo, fue leído por mucha gente, colocado en numerosos post en Internet, y bastante comentado. He recibido muchas felicitaciones y agradecimientos por el mismo, sobre todo por un especial motivo, a saber: Al relatar nuestras vivencias de la Guerra de Malvinas, desde nuestro punto de vista, en el Continente, el público en general, que leyó el libro, tuvo la oportunidad de saber y conocer, de primera mano, como vivimos y padecimos la Guerra los soldados que formábamos parte de las Unidades y Sub-Unidades que estaban desplegadas en el sur de nuestro país, sobre todo en la provincias de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Estas Fuerzas de Combate tenían la misión primordial, tal y como lo explico en mi libro anterior, de dar protección a la Bases Aéreas Militares, desde las cuales despegaban los aviones de la Fuerza Aérea y la Armada Argentinas, para atacar a la flota británica, y que le causaran tanto daño, que estuvieron muy cerca de perder la guerra, tal como ellos mismos lo afirman. Se han escrito muchos libros sobre la guerra y las acciones de combate llevadas a cabo en las Islas Malvinas, y las Georgias, y Sandwich, tanto en tierra, como en el mar y el aire. Incluso se hicieron películas sobre el tema. Pero nunca se había escrito sobre lo que sucedía en la Zona de Despliegue Continental, mientras tanto, ni qué era lo que mantenía ocupados a los soldados allí apostados. “Fuimos Movilizados” fue escrito para que, al leerlo, el público conociera la realidad sucedida en estos territorios. “CONTINENTE”, va un poco más allá. Aquí, no voy a narrar sólo lo que sucedía en la BAM San Julián, base de la Fuerza Aérea, situada en la localidad del mismo nombre, en la provincia de Santa Cruz, y tampoco voy a relatar sólo lo que le aconteció a mi unidad, allí destacada. A la luz de las noticias conocidas en los últimos años, y, basándome, tanto en los Diarios de Guerra de las diferentes Unidades y sub-unidades destacadas a lo largo del territorio continental, así como en los relatos de los propios protagonistas, y de varios libros que han sido escritos por diferentes autores, el objetivo de este libro es narrar todas las ACCIONES DE COMBATE, llevadas a cabo, en el territorio continental, y que son poco, o nunca fueron, conocidas por el público en general. Por supuesto, no podré relatar las acciones que aún se mantienen en el más absoluto secreto por el Reino Unido, en los archivos sellados, los cuales podrán ser conocidos, públicamente, recién dentro de 90 años, si no prolongan nuevamente el lapso de tiempo. Lo lamentable es que, por parte del gobierno argentino, también se mantengan en secreto estos hechos, sólo conocidos por sus protagonistas, aunque algunos de ellos se han filtrado a la luz pública, a través de comentarios o han sido descubiertos investigando exhaustivamente en los Libros y Diarios de Guerra de las diferentes Unidades. CAPÍTULO 1 Así, es que comenzaremos con las acciones de combate, que se llevaron a cabo, en el continente, según un extracto del libro MALVINAS. Guerra en el Atlántico Sur, cuyo autor, Alberto Manfredi (h), nos cuenta, con grandes detalles estas acciones, en el capítulo, justamente llamado “La Lucha en el Continente”. Página 309 a 328. Antes, debo aclarar que Alberto Manfredi (h), es Historiador y que escribió más de cien artículos especializados, y nueve libros de su sola autoría, y tres más, en conjunto con Jorge André Lavalle, sobre San Isidro. Se desempeña en el Instituto Histórico de San Isidro. He aquí el capítulo de su libro: Malvinas. Guerra en el Atlántico Sur 309 LA LUCHA EN EL CONTINENTE Lejos de lo que durante mucho tiempo se creyó, la guerra del Atlántico Sur no se circunscribió solamente a los archipiélagos australes sino que también involucró importantes áreas del continente e incluso, regiones mucho más distantes, como veremos más adelante. Aquel agitado 1 de mayo de 1982, los británicos intentaron una de sus primeras incursiones en el sur argentino. Recordará el lector que al referirnos al “Yehuin” dijimos que una noche de fines de abril, durante una de sus misiones de apoyo en el litoral patagónico, el radar de a bordo captó señales de lo que parecía ser un submarino no identificado navegando en las proximidades. Días después, en la bahía San Sebastián, al norte de Tierra del Fuego, se observaron señales luminosas que alguien hacía en la obscuridad, desde ese punto en dirección al mar. No lejos de allí, se encontraba la Estancia Cullen, establecimiento rural en el que tenía asiento personal del consulado inglés. Aquel fue uno de los primeros indicios de que los británicos intentaban infiltrar tropas en territorio argentino para llevar a cabo acciones de ataque y sabotaje contra las bases aéreas del continente. Ese día fueron detectados dos submarinos ingleses en el Golfo San Jorge, navegando en proximidades de Caleta Olivia, hecho que llevó al alto mando argentino a dar el alerta a toda la región. La novedad no hizo más que confirmar la información suministrada dos días antes por el comando del TOAS en el sentido que comandos británicos habían desembarcado en la costa patagónica, en un punto ubicado al sur de Caleta Olivia, entre esa localidad y Puerto Deseado y que se habían refugiado en una estancia de la región. El parte fue registrado en el Diario de Guerra del Liceo Militar General Roca de Comodoro Rivadavia, el 1 de mayo a las 10.30 horas y puso en estado de guardia a las guarniciones del sur. Casi un mes después, el 29 de abril a las 20.15 hs, el director del mencionado establecimiento, teniente coronel Miguel Ángel Clodoveo Arévalo, recibió un llamado urgente en el que se le comunicaba que tropas de elite enemigas habían desembarcado en algún punto al sur del Golfo San Jorge, cerca de Caleta Olivia, y estaban dispuestas a llevar a cabo acciones. En el liceo, se hallaban detenidos varios de los efectivos británicos que se habían rendido a las tropas argentinas el 2 de abril y por esa razón se extremaban las medidas de seguridad. Se trataba de Jeffrey William Warnes, de 37 años de edad; Stephen Charles York de 27, Richard Overall de 22 James William McKay de 21, Gary Moore de 19, Martin Thomas Smith y Stephen Dale, quienes llegaron allí el 5 de abril a bordo de un Hércules C-130 vigilados por un pelotón al mando del capitán Luis Bruno, jefe de la Compañía de Reserva del Liceo. La llegada de los prisioneros fue supervisada por el teniente coronel Arévalo, quien dispuso que fueran alojados en la Sala de Armas de una de las compañías de cadetes, único sitio con rejas del establecimiento disponible en ese momento. Para entonces se especulaba con que los comandos británicos intentarían rescatar a sus compatriotas y por esa razón se ordenó tener a la guarnición lista para entrar en combate, reforzándose las guardias y licenciando a los jóvenes cadetes de entre 12 y 17 años que estudiaban allí, además de alistar dos helicópteros para salir en busca de posibles incursores. Los soldados Eduardo Taboada, Marcos Medina, Edgardo Blaguerman, Enrique Pirani, Luis Daniel García, Oscar Steinbach, Fernando Luis Sieyra, Darío Filazzolau y Claudio Tantignone eran nueve de los efectivos que, al mando del capitán Héctor Marengo, se hallaban de guardia el día en que cundió la alerta en el liceo. Blaguerman y Tantignone 310 hablaban inglés y por esa razón fueron escogidos para custodiar a los prisioneros y hacer las veces de intérpretes. Blaguerman llegó a trabar amistad con ellos, tanta, que una noche en que un apagón sumió en tinieblas el lugar, los ingleses, presas del temor e incertidumbre, recurrieron a él llamándolo a los gritos. Durante su cautiverio, el mayor de ellos, Warnes, le contó varias cosas sobre su persona, entre ellas, que era casado, que tenía dos hijos y que había combatido en Indonesia. A los ingleses detenidos se los trató de acuerdo a la Convención de Ginebra. Se les permitía hacer gimnasia en una habitación contigua a la sala de armas custodiados por hombres fuertemente armados y se les proveyó de lo necesario para sus necesidades básicas. Ellos, por su parte, hablaban poco, obedecían las indicaciones y mantenían en todo momento una actitud muy profesional. Para entonces, las versiones sobre una misión de tipo comando por parte de las fuerzas especiales del Reino Unido, comenzó a tomar cuerpo. Una noche, a poco de la llegada de los prisioneros, se produjo un fuerte tiroteo entre las tropas que defendían el liceo y fuerzas no identificadas que se desplazaban por los alrededores, lo que hizo suponer a las autoridades que se trataba de tropas de elite enemigas que intentaban acercarse a la unidad militar. El 17 de abril, los prisioneros fueron deportados hacia Montevideo y desde allí, devueltos a Gran Bretaña. Su partida no devolvió la calma al cuartel sino todo lo contrario ya que la presencia de fuerzas especiales desembarcadas en el continente cobró más fuerza que nunca cuando se supo que el alto mando británico organizaba ataques a las bases aéreas en territorio argentino, a efectos de contrarrestar la amenaza que implicaban para la Fuerza de Tareas los Super Etendard y A4 allí desplegados. Se tenían indicios de que el gobierno británico era presionado por el Parlamento para apurar las acciones en contra las bases continentales, en especial aquella desde la que operaban los Super Etendard armados con los misiles Exocet, ya que veintiún diputados conservadores de la Cámara de los Comunes habían presentado una propuesta urgiendo a la primera ministra y su gabinete “…a no debilitar la presión militar en el Atlántico Sur con el fin de eliminar la capacidad de las fuerzas argentinas que podrían provocar pérdidas inaceptables a la flota británica”. Alertadas las unidades militares del litoral patagónico, se emitieron circulares a los oficiales de enlace de las policías provinciales de Santa Cruz y Chubut, advirtiéndoles estar prevenidos y ordenándoles efectuar patrullas a lo largo de la ruta nacional Nº 3 para detectar cualquier indicio de presencia foránea y detener a toda persona extraña, sobre todo, si hablaba inglés o con marcado acento anglosajón. Esas personas debían ser remitidas inmediatamente al Destacamento de Inteligencia 182 de Neuquén y se ordenaba la más absoluta reserva al respecto. El 29 de abril, habiendo cundido el alerta ante la posibilidad de un desembarco enemigo al sur de Caleta Olivia, fueron alistados dos helicópteros Bell UH-1H del Batallón de Aviación de Combate 601, el matrícula AE-419, al mando del jefe del Liceo, teniente coronel Arévalo y el AE-414 al del capitán Marengo, los que a poco de ser abordados por efectivos de la unidad militar, partieron hacia el sur, rumbo a Caleta Olivia. Debían efectuar una misión de búsqueda y ataque previo reabastecimiento en la base de la cercana brigada aérea y a las 21.00 horas iniciar un movimiento de aproximación helitransportada mientras efectivos de la Compañía de Ingenieros 3 marchaban por tierra. El AE-419, piloteado por el teniente Marcos Antonio Fassio, llevaba al sargento primero Pedro Andrés Campos como copiloto y al sargento Néstor Daniel Barros como ametralladorista. Había partido en primer lugar, seguido quince minutos después por el 311 AE-414 del capitán Marengo, en el que viajaba Marcos Medina, uno de los soldados que tuvo a su cargo la custodia de los prisioneros ingleses. Según sus palabras, a poco de llegar, saltaron a tierra y se desplazaron hacia la costa, avanzando agazapados, con sus armas sin los seguros, listos para disparar si la ocasión se presentaba. Una vez frente a la playa, el capitán Marengo ordenó cuerpo a tierra y allí esperaron mientras la gente del primer helicóptero montaba un puesto de guardia. Permanecieron en el lugar cerca de media hora hasta que el jefe de la sección ordenó incorporarse y marchar hasta la cercana comisaría de Caleta Olivia, que se alzaba cerca de la playa, donde llegaron al cabo de veinte minutos. A las 2 de la madrugada del 30 de abril los soldados, que se encontraban descansando en el destacamento policial, recibieron la orden de prepararse para reemplazar a los efectivos del primer helicóptero que montaban guardia en la costa. Así lo hicieron y hacia allí se dirigieron, siempre a pie. La vigilancia de aquel punto duró hasta las seis y media de la mañana cuando, a falta de novedades, se les indicó levantar el puesto y dirigirse a los helicópteros que se hallaban posados a 5 kilómetros de allí. Cuando Medina y sus compañeros llegaron al punto donde se encontraba la aeronave, el AE-419 del teniente coronel Arévalo ya había partido. Salieron con rumbo al sur en un día brumoso y volaron sin contacto de radio durante varios minutos, hacia una estancia llamada “La Floradora” donde se suponía que los comandos británicos se habían ocultado. Arribaron al lugar un poco más tarde de lo planificado porque a causa de la niebla, habían equivocado la ruta y a poco de aterrizar, echaron pie a tierra y se desplegaron por el terreno, tomando posiciones cuerpo a tierra con sus armas apuntando hacia el establecimiento rural. Pasaron un buen rato en esa situación, atentos a cualquier movimiento, observando hacia lo lejos, donde se encontraban los principales edificios de la estancia mientras los oficiales recorrían el perímetro con sus prismáticos, todo en el más absoluto silencio, roto únicamente por el soplar del viento. Permanecieron cerca de cuatro horas en el lugar sin noticias de la otra máquina, que debería haberse posado en las cercanías antes que ellos. Por esa razón, pasado el mediodía, el capitán Marengo decidió regresar a la comisaría para informar los resultados de su misión. La pregunta que todos se hacían era, ¿qué había sido de Arévalo y sus hombres? A las 12.15 de aquel misterioso 30 de abril, el helicóptero AE-419 fue declarado en emergencia. Veinte minutos después un aparato similar de la Prefectura Naval de Caleta Olivia informó haber encontrado los restos de una aeronave fuera de la bahía, a unos 10 kilómetros al sur de esa localidad, por lo que a las 13.20 del mismo día, se ordenó a las unidades militares efectuar rastrillaje total utilizando para ello todos los medios disponibles. Mientras se daba cuenta de la novedad y se organizaba la búsqueda, el general Osvaldo García impartió órdenes terminantes en el sentido de no informar el a nadie y mucho menos, comunicar la desaparición de los efectivos a sus familiares. Fue un civil de las inmediaciones quien encontró los primeros indicios del desastre. El poblador, que recorría la zona colaborando con las autoridades, dio con un pedazo del tanque de combustible del helicóptero, que acercó inmediatamente a la comisaría de Caleta Olivia. Según su versión, había restos del aparato esparcidos en un radio de 300 metros. El capitán Marengo ordenó a sus soldados abordar el AE-414 y casi enseguida despegaron hacia el sur. Diez kilómetros después dieron con el siniestro. 312 Las primeras observaciones permitieron establecer que la nave no se había estrellado sino que estalló en el aire. Medina y sus compañeros, uno de ellos el soldado clase 62 Adrián García, entraron al agua intentando alcanzar la ría donde se hallaban los cuerpos. Debieron esperar la bajamar para volver a introducirse en el helado mar y con el agua hasta la cintura, alcanzar el lugar donde flotaban los cadáveres. Los encontraron sin ropa, completamente mutilados. Los soldados extrajeron seis cadáveres hasta que, repentinamente, la orden de relevamiento los obligó, tanto a ellos como al capitán Marengo, a suspender la operación y embarcar en el helicóptero. Volaron de regreso a la comisaría de Caleta Olivia y allí se alojaron por segunda vez, para permanecer en la zona tres días más. Finalmente se les indicó regresar al liceo y allí quedaron hasta el fin del conflicto, cumpliendo su servicio militar. Al capitán Marengo le llamaron la atención varios detalles, el primero, que los cuerpos mutilados de los tripulantes estuvieran completamente desnudos; que el fuselaje del helicóptero estuviese en la ría, recostado sobre la costa y el rotor a 300 metros de distancia hacia la derecha mientras que otras piezas yacían esparcidas por los alrededores de manera irregular. Fue a las 10.30 horas del día siguiente (1 de mayo) que en el Diario de Guerra del liceo se anotó lo siguiente: “01 1030 May 82. Se detectó 2 (dos) submarinos en dirección a Caleta Olivia”. Mientras eso ocurría, el alto mando argentino ordenaba el repliegue del Regimiento de Tanques 8 a Comodoro Rivadavia y dejaba apostados en Caleta Olivia al Regimiento de Infantería 1 “Patricios” (RI1 “Patricios”) y a la Compañía de Ingenieros 3 (CI3). Perecieron ese día, en el helicóptero siniestrado el jefe del Liceo Militar General Roca, teniente coronel Miguel Ángel Clodoveo Arévalo, el teniente primero Roberto Remi Sosa, los soldados clase 61 Fernando Luis Sieyra y Marcelo Gustavo Cini y los soldados clase 63 Jesús Marcial, Oscar Millapi y Daniel Alberto Palavecino además de los tripulantes del helicóptero, teniente primero Marcos Antonio Fassio, sargento primero Pedro Andrés Campos y sargento Néstor Daniel Barros. Los restos del AE-419 y su tripulación fueron retirados del lugar del siniestro en el más absoluto secreto y conducidos hasta un sector lindante a la Compañía de Transporte del Liceo Militar donde se efectuaron las pericias del caso. Esas pericias jamás se dieron a conocer y eso ha llevado a suponer que las Fuerzas Armadas argentinas ocultaron algo, posiblemente, que el helicóptero fue derribado, versión que parecen confirmar las afirmaciones de varios testigos que aseguran haber visto el agujero de un proyectil en la parte inferior del fuselaje. Los efectivos muertos fueron velados a cajón cerrado y condecorados post-mortem con la “Medalla de la Nación Argentina al Muerto en Combate” aunque ni Marengo ni sus hombres ni los tripulantes del AE-414 son considerados combatientes por el Ejército, pese a que llevaron a cabo una misión idéntica a la